
Salí como un terremoto de la biblioteca, tan rápido que no me percaté de que estabas sentado en uno de los bancos a la salida, si hubiera sido así, nuestras miradas nunca más se habrían cruzado, pero fue entonces cuando mi mirada cálida interceptó con la mirada fría y calculadora que siempre habías tendido, o al menos durante los últimos meses que ya no eras la misma persona que un maravilloso e inesperado día conocí.
Te vi, estabas solo, sentado junto a tu mochila y con tu bocadillo de jamón serrano y queso manchego en la mano, pero yo... seguí corriendo, posiblemente porque no quería mirar nunca más tu rostro a pesar de que te seguía amando... seguía preguntándome cómo había podido llegar a odiarte y a amarte tanto y tan a la vez, porque en mi corazón amor y odio se confundían. Pero, en lo más profundo de mi ser, en lo más profundo de mi alma, en lo más profundo de mi corazón y en todo lo que no era tan profundo (¿a quién quiero engañar? me pregunto mientras escribo estas líneas), verdaderamente te seguía amando, te seguía queriendo, quería seguir estando toda la vida a tu lado, porque me habías regalado momentos maravillosos, días maravillosos, situaciones maravillosas, también seguía confiando en ti, seguías siendo mi sueño todas las noches, mi amanecer todas las mañanas, mi almuerzo en la cafetería, nuestro café a medio día y nuestra merienda a media tarde: un café, un vaso de leche y varias pastas para ambos. Pero había algo que coincidía siempre, que se mantenía a pesar de todo, a pesar de nuestras discusiones, nuestras ganas de echarnos la culpa el uno al otro sin motivo aparente; lo común a todas las situaciones que vivíamos, era que siempre nos mostrábamos el uno al otro la misma sonrisa de enamorados, la misma complicidad de personas que tratan temas confidenciales, la misma inquietud por conservar aquello que tanto queríamos a nuestro lado y también por que nuestras expectativas de futuro juntos llegaran a buen puerto. Nuestras expectativas, nuestros seres, nuestras miradas, todo lo que éramos nosotros, tú y yo... se juntaban, se unían en una sola mirada que vislumbraba el horizonte más bello de un atardecer.
R.S.L.W.
No hay comentarios:
Publicar un comentario